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Tener tiempo



Obra de Leonora Carrington



Los pies en el río. La productividad. La modorra. Tener tiempo. ¿Estás a mil? La verdad que no, ya no. No es que nunca no, pero es algo que aprendí. Ya no me siento orgullosa cuando estoy a mil. Y cuando estoy a cien, me siento hermosamente.


Estar a diez o menos revoluciones ya no me sale tan bien. El dolce far niente ha sido relegado en nuestra sociedad al momento del fin de semana o de las vacaciones, tiene un lugar y un tiempo bien definidos, así como las actividades que integran ese “no hacer nada”, que en realidad es hacer un montón de cosas, apabullarse de estímulos supuestamente recreativos.


Me interesa ese “no hacer nada” que consiste en el mínimo de actividad en serio, que no implica ni hacer ni tener —porque incluso la inocente ambición de colgar una hamaca paraguaya para pendular ociosamente implica un movimiento hacia conseguir el propio elemento y un lugar donde instalarlo—. Y cuando busco ese instante, descubro que no me sale planificarlo. No sirve darle un lugar en mi agenda. Es como cuando me propongo tomar un desayuno suculento. Por más que lo intente, a la mañana nunca tengo hambre; por eso, las veces en que programé un banquete matinal siempre me choqué de frente con la misma constatación: las ganas no pueden ser agendadas. Y lo mismo sucede con “no hacer nada”.


Sin embargo, en diversos momentos de mi día me vienen unas ansias tremendas de no hacer nada, que antes conjuraba haciendo algo, y ahora no. Le doy espacio a ese vacío que es simplemente frenar lo que se hace, posar los sentidos en cualquier elemento sin pretender aprehenderlo, más bien permitiendo que un extrañamiento momentáneo tome el mando y me haga percibir lo fortuito, lo frágil, lo contingente de mi mundo, de forma tal que cuando decido volver a él lo veo como un destino posible, no el único.

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