Qué alentar



Diosa abeja sumeria



¿Qué puede ser tan importante? ¿A qué brindar mi aliento? Con esa pregunta arranca mi día. Una abeja que parece llevar alforjas de polen en las patas me visita, camina un poco sobre mi pecho y la aparto suavemente. Ella sabe. Parece estar llegando al fin de sus días porque se mueve muy poco, apenas camina. Viene realizando desde hace meses o años las mismas tareas, con más o menos los mismos resultados, todo muy profano, muy natural y desprovisto de misterio.

Me inspiro y al mismo tiempo respiro. Una vez pensé y escribí que inspirarse no puede ser tan distinto de respirar. Al fin y al cabo, inspirar no es más que traer parte del mundo hacia dentro, produciendo un encuentro tan indispensable como exento de misticismo, aunque no hacerlo nos acerque a esa delgada línea entre la vida y la muerte.

Veo lo que pasa en ese hiato entre que paramos de respirar y el momento en que volvemos a hacerlo como una metáfora de nuestra vida: inspiramos, retenemos, hacemos todo lo que podemos aguantando la respiración, y cuando exhalamos sobreviene una dulce entrega. A veces nos esforzamos al extremo de la retención, otras no tanto. Otras tantas respiramos rápido y cortito, tratando de no hacer nada que ponga en riesgo ese intercambio con el mundo.

En la proximidad del límite vital hay gran tráfico de vida. Palpamos ese límite desde cierta distancia; algunas personas se acercan hasta asomarse al abismo, otras más cautas permanecen a buen resguardo, pero ningún buzo duda de que cuanto más tiempo dure su inmersión, más mundos insospechados podrá contemplar con ojos vírgenes.

Nos despertamos con un bostezo bienhechor, una buena bocanada de oxígeno para arrancar. Y hay días en que parece que no exhalamos nunca, hasta que llega la noche. Incluso hay noches sin aliento. Nosotras, las personas, tenemos la extraña costumbre de eludir ciertas evidencias tangibles en relación a qué es importante, no como la abeja, que mientras tanto levantó vuelo contra todo pronóstico y se alejó de mi lado.