Provisorio


Imagen de Juan Pablo Cambariere




La mayor parte de lo que hacemos es provisorio. Tenemos que repetirlo con frecuencia, desde cortarnos las uñas hasta vincularnos afectivamente con otras personas. A veces asumimos durabilidad en algo que invariablemente se agota, o festejamos una llegada como si fuera el final de una película. ¿Pero qué viene después?

Después… simplemente el ciclo de vida de todas las cosas se encarga de hacer su lenta erosión, esa transformación madre de lo nuevo, que en el camino arrasa con lo viejo. Una abundante cantidad de dramas vitales nacen de la decepción que sobreviene cuando las uñas vuelven a crecer. Y lo hacen cada vez.

Pero lo peor viene cuando despreciamos el poder de un encuentro porque adivinamos su condición efímera. Cuando era muy chiquita sentí eso algunas veces, cuando alquilábamos en familia alguna casa en el Tigre. No quería que fuese una nueva casa. No quería apegarme a esos muebles, a esa vista, me habría gustado que fuese siempre el mismo paisaje. Ya en ese entonces entendía de un modo corporal el esfuerzo implicado en dar la bienvenida a lo nuevo y atravesar la nostalgia. Son los primeros vislumbres de la muerte lo que entendemos en esos momentos, porque la separación entre lo vivo y lo inanimado no es tal en la infancia.

Parecería que con el paso del tiempo vamos aprendiendo algunas cosas, endureciendo un poco las partes blandas para resistir mejor las despedidas, hasta que descubrimos ese mecanismo con los vínculos, pero “ahí vale”, es “normal” la resistencia a lo provisorio.

En las relaciones afectivas, nos deleitamos en fantasear con que nos cortamos las uñas por última vez.