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Pink terrorism II



My own wonderland, José A. Vallejo




La semana pasada leímos en grupo un texto de DeRose sobre relaciones afectivas. En un momento dado de la charla, Pablo contó que ya se había sentido cuestionado en su soltería por “la secta de las parejas”, un fenómeno que parecería contagioso y que consiste en querer que todas las personas alrededor estén enlazadas.


Enseguida vino a mi mente una escena que nunca formó parte de mi experiencia pero que vi en un montón de películas: una pareja reúne para cenar a dos personas que son desconocidas entre sí, reunión orquestada con más o menos consentimiento de los comensales, y de la cual se espera el nacimiento de un vínculo. Más allá de los casos individuales en que esta táctica puede haber funcionado, lo que se reveló es el imperio del modelo único, la inexistencia de otros horizontes sociales fuera de “tener pareja”, a toda costa.


Pareciera que falta algo en tu vida si no tenés a “alguien a tu lado”. Estar con alguien a cierta distancia, o con algunas personas, sin seleccionar a la más importante, es considerado un estado pasajero, una condición de la que en algún momento tendrías que curarte.


El brindis más trillado para invocar la felicidad, “salud, dinero y amor”, no deja ver cuán específicas son las características de ese afecto. Ciertamente no se trata del amor a las lecturas.


En la charla estaba Luchía. Y pensé en todas las veces en que, gentilmente y sin ninguna declaración de principios, ella declinó la famosa invitación a la salida de “dos parejas”. Sin hacer una apología del desemparejamiento, hay muchas formas de hackear el sistema.


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