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Cosas que aprendí patinando




Dibujos en la cueva de Chauvet



Esquivar es mejor que frenar. En realidad, cualquier cosa es mejor que frenar. Es muy caro frenar, se pierde toda la energía.


Una conversación fluye muy bien cuando la otra persona está al lado, si van en fila tenés que gritar o pedir a la otra persona que grite. Excelente oportunidad para ejercitar el silencio de a dos.


Últimamente se multiplicaron las probabilidades de ver a la otra persona enfrentada cuando le hablás, porque las videollamadas te ponen frente a frente. Trasladarse en compañía te permite contemplar cualquier otra cosa, eventualmente los ojos o la boca de quien te acompaña, con frecuencia su perfil. Algunos animales se ponen a la defensiva cuando los mirás de frente.


Cuando se viene un piso peligroso, con adoquines u otras irregularidades, es siempre mejor mantener la velocidad, aunque invariablemente aparezca el reflejo de frenar. A buena velocidad se logra también alta estabilidad, y los obstáculos pasan más rápido. El impulso de ir más lento es el miedo. Lo mejor es seguir el ritmo.


Hace un tiempo, mi hermano músico me estaba coacheando para grabar un disco. No soy cantante y no tengo técnica vocal, por eso al avecinarse los momentos más agudos sufro por anticipado, y hago lo mismo que sobre los patines: tiendo a “bajar la velocidad”, algo de mí se siente arrinconado. Mi hermano me dijo “pensá que no son agudos, que son graves”. Truco mental que más de una vez funcionó.


No soy buena patinando. Me desplazo a velocidad razonable y puedo cubrir cierta distancia, no más que eso. No le exijo a mi técnica que sea impecable o estética. No tengo ningún compromiso de mejoría o de estrechamiento del vínculo con mis patines. No quiero patinar más ni menos. Me siento con ellos como con algunas amistades de la adultez, con quienes me encuentro de vez en cuando sin tener que justificar el intervalo sin vernos ni las ganas repentinas.


Hace poco comprobé que, por el uso, las ruedas medían la mitad de su tamaño original y los cordones ya no tenían ojal donde engancharse. Caí en la tentación de comprar unos nuevos patines. Tuve la suerte de que la vendedora me recomendara arreglarlos. Ruedas por un lado, zapatería por otro lado… dio más trabajo que tirar y reemplazar, y todavía no están en su mejor forma. Pero andan. Mis pies los adoran. Y se dejaron revivir.

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