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Una autoestima a tu altura

11 Sep 2019

Elaine Belloc, personaje del comic Lucifer 

 

¿Qué viene primero: una autoestima fuerte que permite hacer las cosas, o un poder de hacer las cosas que desarrolla una autoestima fuerte? No estoy segura, pero mientras tanto prefiero trabajar sobre las cosas a trabajar sobre la autoestima, prefiero intentar moldear la materia tangible a la incierta manipulación de mi propia subjetividad. Esto significa poner manos a la obra en la construcción de lo que me propongo, con un nivel de exigencia probablemente mayor al que tiene quien disfruta de una autoestima sólida ⎼porque aquele no precisa asegurarse tanto el fruto de sus esfuerzos, confía por anticipado⎼. 

 

Es una actitud que me recuerda un poco al dicho “vísteme despacio que estoy apurado”, normalmente atribuido a Napoleón. Esa frase presupone un mejor desempeño en la lentitud que en la rapidez. Es una frase que evidencia una especie de debilidad, una imposibilidad de hacer las cosas de la mejor manera posible bajo la presión del apuro. Contempla una limitación, y se mueve a partir de eso. Y la inteligencia está en tomar ese punto de partida que está un escalón más abajo de la exigencia, no en intentar ignorarlo. Con la autoestima sucede lo mismo: crece en la medida en que le ponés el escalón a su altura, y se empequeñece cuando el paso que le hacés dar está fuera de sus posibilidades. 

 

¿Y qué se hace en los casos en que contemplás el desafío, considerás que está fuera de tu alcance y todo el mundo piensa que podés enfrentarlo? Dos cosas me sirven en estas situaciones: la primera es confiar en la opinión de las personas que me alientan a aceptar el desafío, si me conocen y me quieren. Confiar en otres es como subirte a un barco conducido por un timonel que no sos vos, y seguir sus instrucciones puede significar una oportunidad de descanso y aprendizaje. Y después intento desglosar la faena en pasos, en momentos, en pequeñas instancias, de ser posible de abordaje cotidiano y de máxima simplicidad. En los primeros días evito concienzudamente mirar hacia el horizonte, me contento con atravesar esas mínimas etapas de a una, saboreando pequeñas victorias, esquivando la ansiedad de sopesar en qué punto estoy en relación con el resultado final. 

 

Me encanta el dicho “vísteme despacio que estoy apurado”, me recuerda simultáneamente que no soy todopoderosa y que puedo hacer lo que quiero. 

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