Incorporación


Milk Kayaking, de Christopher Boffoli

El cucharón que, metido en el almíbar, no conoce su gusto. Este es un peligro que acecha especialmente a los más mentales de los estudiosos: estar inmersos, estar empapados de un asunto y al mismo tiempo impermeables al sabor y al olor, intocados por la evidencia de la percepción, que constituye el más orgánico de los conocimientos.

La pregnancia del aprendizaje corporal se lee como en la palabra “incorporar”: hacer que algo se vuelva parte del cuerpo. Es tan diferente a observar, que implica tomar distancia. En la ciencia occidental esa distancia es un a priori necesario para la adquisición de conocimiento, la tan esquiva objetividad. En la filosofía eso varía: cuanto más antigua es, más proximidad se pretende que haya entre la experiencia y la palabra. Se pone la coherencia práctica por encima de la ambición teórica.

¿Y cómo se empieza? Un buen paso es usarse como sujeto del experimento: en vez de tomar distancia y sentarse a registrar las reacciones de otro, sentir en la carne los efectos de aplicar un sistema, asumir el costo de probar. La subjetividad es un elemento dado, casi un punto de partida. Por lo tanto, nada de buscar quedarse afuera si se quiere realmente entender de qué se trata la cosa.

Lo que hay que tener en cuenta es que quemarse con leche, en esta propuesta de “incorporar” conocimiento, no puede instalar un resentimiento hacia la leche, porque la prueba y el error son parte esencial del aprendizaje. Hay que desarrollar los anticuerpos necesarios para soportar las pruebas, y entrenar la recuperación rápida. De otra forma, nuestro mundo en poco tiempo se poblará de amenazas. La intrepidez es un elemento fundamental de este tipo de estudio.

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