Lugar, parte XVIII


Arte precolombino, colección Casa del Alabado

En mi lugar nos inunda una inspiración corporal, una inspiración profunda que llena la nariz de flores demasiado dulces, de verano, de recuerdos dorados.

Cuando estamos en grupo, con frecuencia nos toma un deseo de proximidad sin pausa, sin interrupción, sin noción del tiempo. Una unidad que se da solo con varios de nosotros, con muchos a la vez, nunca con uno o dos por separado. Apenas con lo que en general se llama grupo. Y ese deseo eventualmente desemboca en una preferencia personal, pero cuando eso sucede puede implicar una sustracción, casi un robo.

(A veces vemos alejarse a la pareja, los seguimos con miradas de complicidad y cariño, pero en el fondo sentimos una lejanía, esa cápsula que invisiblemente los aísla un poco, un nuevo cuerpo hecho de dos. No obstante, hay dúos que logran escapar al hechizo de la pertenencia, y cuando eso ocurre es como un regalo, lo opuesto a la resta).

El vínculo que se genera en el momento grupal es más fuerte que el que se da entre dos personas cualesquiera de ese mismo círculo. Dicho de esta forma puede sonar inverosímil, una experiencia difícil de replicar en otros lugares. Sin embargo, algunas características de mi lugar son así: huyen a la lógica de los extranjeros, y por ese motivo compartirlas es posible sólo a través de comparaciones. La empatía precisa un suelo común, y en general no basta con estar hechos de carne y hueso… pero baste como plataforma compartida el sentimiento que une a las masas en los juegos olímpicos. El abrazo entre dos partidarios del mismo país, en ese momento, destila el sentimiento de toda la muchedumbre presente. Y ellos dos, probablemente, nunca más se abracen.

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