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Submarinismo

24 Oct 2018

Cuando empiezo a alimentarme a pura harina y queso me siento dentro de un traje de astronauta. Crece una capa entre yo y el mundo exterior. Y esa capa no solo amortigua las sensaciones, también funciona como un retardador de estados. Demoro más de la cuenta en darme cuenta si tengo sueño o ganas de tomar un baño.

 

Ahora, no solo el cuerpo sufre un delay en el procesamiento de la información. El pensamiento y las emociones también padecen el embotamiento. Y la escafandra no sólo me aleja del exterior sino que altera mi filtro. Es como si tuviera la ventanilla medio sucia, entonces no logro una imagen nítida de lo que sucede allá afuera. Por ende mis reacciones pueden ser un poco desencajadas.

 

Lo peor es que, si bien me siento más alejada del entorno, también me siento más lejos de mi mundo subjetivo. Escucho menos lo que pasa acá en la cueva, y hablando de escuchar, me acuerdo de la letra de Mañana de sol, de Luca Prodan: “y yo me alejo más del suelo, yo me alejo más del cielo, también “. 

 

La cuestión es que todo eso me hace pensar antes de comer harina y queso por más de dos días consecutivos. Claro que unas buenas pastas pueden ser la gloria, y al día siguiente una medialuna con crema pastelera, y por qué no a la noche una pizza… pero cuando empieza a crecer demasiado el traje de astronauta, me lleva un par de días liberarme de esa capa para volver a la normalidad. Y aunque pueda parecer que me estoy refiriendo a una capa de grasa, se siente más bien como una dosis de anestesia. 

 

Uno puede elegir anestesiarse. O, como Luca Prodan, usar lentes de sol.

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