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Lo que no sirve para nada


El Pont Neuf envuelto, de Christo

Hace un tiempo me hicieron la siguiente pregunta: ¿qué problema yo resuelvo, a través de la profesión, a mis alumnos? Y me dejó completamente perpleja, un poco incómoda a decir verdad, en la necesidad de encontrar justificaciones.

La verdad es que hay pocas profesiones que no buscan resolver problemas. Desde el zapatero hasta el coach ayudan a las personas a suplir una falta para hacer su vida más amena, o como mínimo menos penosa. Pero no me convence imaginar que lo que hago “suple una carencia”, o “resuelve un problema”.

Pensando más en el tema, me di cuenta de que hay varios rubros que escapan a esta funcionalidad; que pueden declarar, con cierta culpa o con orgullo, “yo no sirvo para nada”: el arte, la filosofía, los deportes... se encuentran entre las profesiones menos “necesarias” y al mismo tiempo más vitales, porque enseñarlas y ejercerlas tiene el poder de dar sentido.

Cuando se te cruza la posibilidad de aprender algo que no tiene una utilidad material directa dudás un montón, te asalta un sentimiento de culpa por dedicarle tiempo a algo que no muestra un valor claro, ni una ventajosa relación costo / beneficio visible. Pero mirando hacia lo que nos mueve profundamente, los afectos y las pasiones tampoco llegan con una carta de recomendación bajo el brazo, o con un marketing tan definido acerca de las bondades que son capaces de brindar. Sin embargo no dudamos en seguir sus veleidades.

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