Cambiar el mundo


Arte para Adidas de Felix Reidenbach

– Ahora sin querer me llevé la mano a mi ceja, buscándome el lunar.

– ¿Qué lunar?... Yo tengo un lunar, no vos.

– Sí, ya sé. Pero me llevé la mano a mi ceja, para tocarme el lunar…, que no tengo. […]

– ¿Y sabés qué otra cosa sentí, Valentín? Pero por un minuto, no más.

– ¿Qué? Hablá, pero quédate así, quietito…

– Por un minuto sólo, me pareció que yo no estaba acá, ...ni acá, ni afuera…

– …

– Me pareció que yo no estaba… que estabas vos sólo.

– …

– O que yo no era yo. Que ahora yo… eras vos.

El beso de la mujer araña, de Manuel Puig

Pensar que podés cambiar algo en el mundo se acerca mucho a la sensación de tocar el cielo.


Imagino el mundo como una gigantesca bola que va cambiando de rumbo empujada en una dirección u otra por los que (casi siempre después de muertos) alcanzan con sus logros esa abstracción llamada posteridad. Pero hoy parece distinto, parece más colectivo, más difícilmente individualizable, aunque para saber si realmente lo es tendríamos que contemplarnos desde el futuro.


No sé si es un signo de los tiempos o simplemente una cualidad que colorea a la porción de gente que me rodea, el hecho es que conozco a muchas personas que quieren cambiar el mundo. En grupo, solos, sumándose a un proyecto, facilitando su surgimiento, abriendo paso para que se desarrolle, con la predicación o con el ejemplo. Y como yo también acaricio esa ambición, empecé a preguntarme si no seremos muchos, demasiados.


De repente me vino la imagen de un montón de piernas pateando una pelota, y la pelota inmóvil en el centro, atrapada por fuerzas concurrentes que se anulan entre sí. Y pensé que bastaría con que dos jugadores se alíen para romper el hechizo de inmovilidad.