Desear lo imposible


Museo del té O' Sulloc, Corea


El fruto que me gusta es siempre el que está al alcance de mi mano, el que sé que voy a poder exprimir y saborear eventualmente. Me pregunto si ese rasgo no es limitante, en el sentido de que delinea con precisión las fronteras de mi deseo.


Hago memoria y no me recuerdo anhelando una conquista que no me saliera al cruce más adelante, casi como una consecuencia natural de mi trayecto. Y ahí es cuando me asalta la duda: ¿seré yo tan previsible? ¿O mis anhelos tan poco ambiciosos? ¿Será que mis preferencias están teledirigidas por las posibilidades como uno de esos barquitos a control remoto?


No me quiero dispersar en la búsqueda de explicaciones, quiero ahondar en la perplejidad que siento ante los deseos alocados, improbables, desubicados... de los demás (porque nunca yo los concibo para mí).


Cuando estoy cerca de alguien que desea intensamente, aun con la perspectiva muy concreta de no alcanzar su objetivo, me invade una admiración tan profunda como al fanático de los barquitos teledirigidos que descubre que una maqueta de lancha remontó vuelo. Y esa admiración me inclina a seguir ese ejemplo, a querer otra cosa, a apuntar más allí o más allá.


Pero hay un motivo en el fondo de mi tendencia: me gusta la realidad. Nada para mí reemplaza la concreción, por más que los mundos imaginarios me tienten por su ajena particularidad, me maravillen por su rareza.


Veo a dos amigas pretendiendo que toman un té en el jardín, jugando a que sus tazas y teteras tienen peso y forma. Las miro embobada, como si fueran de otro planeta. Me ofrecen un tecito, pero digo “no, gracias”. Yo no sé tomar té en vajilla imaginaria.

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