Economía del regalo


Anillo con diosa y procesión de hipocampos, Micenas

La palabra economía, cuya etimología remite a la administración del hogar, se transformó en sinónimo de ahorro. Paralelamente, nuestra noción de administración inteligente se ligó a la capacidad de ahorro, lo que tiene sus pros y sus contras. Guardar para un futuro incierto tiene su valor previsional. Amarrocar es el lado oscuro de ese comportamiento.

¿Qué habrá venido primero, la inquietud por un futuro incierto o la abundancia que llevó a pensar en el futuro? En la medida que las sociedades humanas empezaron a tener excedente, el destino de los bienes acumulados se convirtió en el gran eje constructivo de nuestras relaciones jurídicas y políticas.

Heide Gottner-Abendroth, entre otres, escribió sobre la economía del regalo en su libro “Societies of peace”. Según ella, en las sociedades matriarcales neolíticas, cuando el clan generaba bienes en exceso, organizaba un festival en el que donaba esos bienes a otros clanes. Podía tratarse de alimentos o herramientas, pero también de artesanías y manifestaciones culturales. Donar la poesía o la danza posiblemente no fuera muy distinto a regalar comida.

Hoy en día, por más lejano que parezca a nuestra lógica económica, existe también una lógica del regalo. Los bancos de sangre, los grupos de participación activa en el cuidado del medio ambiente o de otros seres vivos, las comunidades de software libre… son sistemas que se mueven gracias a otro tipo de combustible, con una retribución diferida, aunque no exentos de resultado. Sistemas capaces de desanudar las tramas con que nos aprietan nuestras lógicas actuales de intercambio.

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