Filosofía práctica


Cuando gugleo “filosofía práctica” me aparecen palabras como autoayuda o desarrollo personal. Pero yo estoy pensando en otra cosa. La filosofía práctica como una técnica de transformación de sí, en la que el conocimiento adviene por la observación de los cambios producidos en esa faena, como cuando se revuelve la olla y se contempla lo que sube a la superficie.

Epicuro invitaba a su jardín. La filosofía se encarnaba en un ejercicio de la vida cotidiana, en esa pequeña sociedad norteada por el placer. Se puede partir de la sensación como base del conocimiento. Si quiero dar un toque más práctico al asunto, para usar mi propia experiencia como fuente de información, voy a acondicionar previamente el instrumento perceptivo, destapar los oídos y agilizar la digestión, entre otras cosas.

En la película “Las aventuras del barón Munchausen” el personaje rescata con su propia mano su cuerpo entero y el propio caballo en el que monta, en peligro de ahogarse. Lo absurdo de la situación nace de que pensamos que “eso no vale”, que no es posible autosalvarse, no puede una parte de vos estar en tierra firme mientras otra está a punto de ahogarse. Sin embargo, a veces nos encontramos en ese tironeo, y lo que nos salva es la fuerza. Toda fuerza puede ser entrenada, aunque hablemos de una musculatura de la voluntad, de un habilidoso movimiento emocional que elude el abismo, que convierte el riesgo de caída en jardín colgante sobre el precipicio.

Quiero tomar el desayuno en ese jardín. Necesito entrenamiento para que la familiaridad con el peligro devenga conocimiento y no tragedia. Y con entrenamiento me refiero concretamente a ensayar hacer mejor todo lo que hago, con más entrega, entusiasmo, agudeza, desde respirar y moverme hasta concentrarme.

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