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Cliché

11 Dec 2019

 

 

La máxima demostración de amor en las narrativas de nuestros días implica la máxima invasión, la máxima exposición. Los momentos de clímax romántico se producen cuando la persona despechada irrumpe en el altar antes de que se consume el matrimonio fatídico y cambia el destino. O cuando hace una demostración pública de amor sellando de esa forma un pacto social de pertenencia: soy tuya, soy tuyo, soy tuye.

 

Rituales que nos acunan desde temprano, estímulos a los que nos condicionamos a reaccionar con emociones en bruto, que transformamos en sentimientos al ponerles pensamiento y por ende, texto. Entendemos esas emociones al hacerlas encajar. Entonces, pienso yo, no las entendemos. 

 

¿Te arranca lágrimas esa escena de la película? Claro, aunque eso no significa que sean genuinas. Y en realidad no tenemos idea de dónde está lo genuino, porque capa tras capa los paradigmas nos van abrigando a lo largo de la existencia y el núcleo se aleja cada vez más de la superficie. 

 

Tarde o temprano una idea perturbadora nos asalta a quienes pensamos sobre estos asuntos: ¿y si no hubiera núcleo? ¿si fuésemos apenas la materia prima de esta construcción que somos, totalmente amorfa y carente de pulsiones, deseos, opiniones, hasta que el universo tiende sus redes de experiencia y aprendizaje sobre nosotres?

 

Sirve la pregunta. Sirve pensar que hasta cierto punto de la vida estamos receptivos a la absorción sin juicio, sin selección, una sed que busca estructura para ponerse de pie y salir a andar. Pero una vez que ya estamos en movimiento, ¿qué nos impide elegir otras pulsiones, otros deseos, otras opiniones? La respuesta es que estamos profunda, inevitablemente acostumbrados a decodificar las emociones en sentimientos preestablecidos, y por eso las lágrimas ruedan al ver estas escenas románticas cliché (la industria audiovisual mueve mucho capital gracias nuestros condicionamientos, dinero fácil). 

 

Buscar nuevos deseos, resetear los gustos. ¿Parece antinatural? Ese deja de ser un problema si entendemos que no existe en nosotres algo genuino. Y no está nada mal reeducarse. 

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