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Coreografía

18 Sep 2019

 Fotografía de Ariel Feldman

 

 

Voy a hablar un poco sobre cómo compongo mi coreografía. En general necesito un espejo, es muy distinta la forma en que nos percibimos y la forma que nos devuelve el espejo. Eso lo descubrí al inicio. Creo que al ser tan autocrítica, la forma mental que tengo de mí misma siempre es menos alentadora que la que el espejo me devuelve. En ese caso, la autoexigencia resultó ser positiva, porque el espejo no me decepciona. Necesito una música como punto de partida, una música que me inspire aunque no necesariamente sea la que va a quedar (en general no lo es). Esa música me invita a lanzar determinados movimientos, porque en un principio son más movimientos que posiciones. La coreografía se compone de movimientos que conducen a posiciones, pero si uno concibe ese orden al revés, posiciones hiladas por movimientos, la danza se pierde y el ritmo se compromete. Entonces la música, el espejo, el inicio del movimiento son los elementos previos a toda posición. La posición es una conclusión natural de estos movimientos.

 

Esa es la forma en que empecé a componer coreografía desde hace unos quince años. Antes que eso mi manera era bastante atolondrada, simplemente seleccionaba una colección de posiciones. Y buscaba la mejor manera, mental, de hilvanarlas. No es que esté mal esta forma, sirve para empezar, cuando uno no tiene claras las particularidades de su propio movimiento, podríamos decir que aún no tiene un estilo, o no tiene una música de inicio, y lo único que vislumbra como tierra firme son los islotes que representan las posiciones técnicas. Pero claramente, usando esa manera, hay una limitación a la creatividad y a lo inesperado.

 

Desde el principio mi tendencia fue hacer una nueva coreografía cada cierto tiempo, digamos entre seis meses y dos años. Dentro de nuestra filosofía, las coreografías suelen empezar y no terminar; la recomendación es ir enriqueciendo, perfeccionando, tal vez sustituyendo técnicas por otras más avanzadas… Y así se aspira a una continua evolución que toma como base lo que ya fue construido. Nunca pude hacer eso. Mi sensación era que, pasado cierto tiempo, debía desprenderme de lo construido, que había servido como una escalera para alcanzar determinado estado. Y en ese momento ya estaba lista para otra cosa. Claro que el repertorio de técnicas no necesariamente variaba de manera sustancial, pero los movimientos que daban origen a las posiciones tenían que ser otros, en consonancia con otra música y con otra imagen mental que me permitía construir una producción adecuada. Siempre me resultó fundamental que la producción surgiera con una coherencia asociada a la música, a mi sensación interna de aquello que quería compartir y de lo que vivenciaba al ejecutar esos movimientos y esas posiciones. Hacer una coreografía nueva con una música ya utilizada, nunca pude. Las personas me preguntaban con perplejidad y a veces con genuina decepción “¿por qué cambiaste la coreografía?”, incluso porque muchas veces la primera demostración de una nueva coreografía es inferior en términos de calidad a la última presentación de la anterior. Sin embargo, yo ya no podía más vestirme con esa ropa, no podía más salir al escenario a decir lo mismo, que incluso había quedado inmortalizado en las grabaciones y se prestaba a una revisión, en algunos casos, diaria.

 

 

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