El léxico del tabú

17 Jul 2019

 

 

 Autorretrato desnudo, de Egon Schiele

 

Los géneros, el estado civil, las formas de alimentación, es una era de diversificación. Desde el vínculo afectivo hasta la leche que pedís en el café (de coco, de almendra, de avena, eventualmente de vaca…), donde antes había dos opciones ahora hay por lo menos tres. Lo mismo sucedió con la sexualidad. Vislumbrar los matices, el degradé, es como el pasaje de imprimir sin escala de grises a con.

 

“Estuve con esta persona, estuve con aquella” pareció hasta ahora suficiente para relatar un encuentro sexual o afectivo. Precisamos las palabras porque lo que no se comparte, en un punto, no existe. Tal vez por ser seres profundamente sociales. La gran apreciación que deja el héroe devenido protagonista de la película “Into the wild” evidencia la infelicidad en que nos hallamos sumidos cuando no comunicamos nada:  Happiness is only real when shared. Y como el sexo es tabú, no podemos hablar. Y no solo eso: si nos peleamos con la prohibición y nos ponemos a hablar, nos damos cuenta de que las palabras nos traicionan, porque son rudimentarias creaciones de una cultura que omite lo femenino y lo sojuzga. Palabras como coger, chupar… son palabras rudas, palabras de violencia y de insulto. Entonces chocamos con una doble dificultad: la prohibición y la necesidad de crear nuevas palabras, no sólo para narrar experiencias sino para crearlas en nuestro pensamiento. Un nuevo léxico crea un nuevo universo de posibilidades.

 

Contar es como hacer una picada en la montaña: habilita recorridos. ¿Cuánta gente se aventura fuera de la picada? En las excursiones a la naturaleza, yo soy de las que siguen aplicadamente los caminos preestablecidos. Desde ese punto de vista, cuanto más picadas mejor, porque no hay riesgos de perderse del camino principal, casi que no existe tal cosa. Claro que para los amantes de lo inesperado siempre está la opción de desbravar los terrenos sin sendero previamente marcado. ¡Pero cuánto ayuda a los rasos pedestres urbanos el saber que algún cuerpo ya transitó por ese paso, dejó su huella y llegó a buen puerto!

 

Contar habilita. Pero al mismo tiempo necesitamos exprimir el lenguaje para contar lo inenarrado, estrenar palabras como estrenar bombachas (o el no uso de bombachas). Porque al compartir a través del texto, se termina entrando en un dispositivo previo, en las formas normalizadas del amor y la sexualidad. Tal vez la solución sea poetizar, acercar palabras que nunca antes convivieron, despertar la perplejidad como primera medida, para lograr así escapar de los callejones sin salida que construyó la llana “educación sexual”.

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