Qué ganas


Mañana en Cape Cod, de Edward Hopper

Qué ganas de decir lo prohibido, de sacarse la ropa. Me imagino al nerd gritando sus contraseñas en el medio de la calle, a los pibes dejándose seducir por las novias de sus mejores amigos, a los fanáticos de las historias spoileando los finales más esperados, a las familias sincerándose, dejando de actuar por compromiso, a los vagos entregándose a la desidia y quién te dice resurgiendo de ella por hartazgo, experimentando al fin el tedio de la vagancia…

El problema es qué pasa al día siguiente.

Se esconde en la libertad un potencial enorme de ponerte frente al espejo. Por eso me gusta usar la libertad como fuente de mil percepciones acerca de cómo sos: podés llegar a descubrir que el duro se anima a perforar el hielo y entibiarse al sol. Sin embargo, hacen falta unos cuidados, que no pueden ser amontonados con el rótulo de represión, para que la cosa sea sustentable.

Un episodio de libertad puede traer la lluvia o ser simplemente una nube pasajera en el cielo noventa y nueve por ciento despejado. Si te negás a aplicar los cuidados, tarde o temprano los vecinos se quejan, tus amigos te abandonan, tu familia te condena y nunca más vas a tener trabajo.

Hay una belleza salvaje en las flores, una inclinación visible a seguir el sol y repararse del viento, o asomarse al viento si esa es su naturaleza. No hay preguntas en una flor acerca de qué es lo que quiere. No hay voluntad consciente, y al mismo tiempo hay un saber qué hacer instintivo. Nuestra infinita complejidad como seres humanos desdibuja ese saber qué hacer y al mismo tiempo multiplica las posibilidades: exponerse al sol, estar a la sombra, usar pantalla solar, sentir el placer del sol pero añorando otro sol en otra parte… la multiplicidad te despista y, en el peor de los casos, te paraliza.

Hay un orden en la flor, aunque se vea salvaje. Ella sigue su impulso natural y aun así es de un color y no de cualquier color, es de un aroma y no de otro. La flor se mueve dentro de su naturaleza, aunque cada flor sea irrepetible. Nosotros, para movernos así, deberíamos primero conocer nuestra naturaleza. Y decidir si elegimos seguirla, o recalcular.

Y para conocer esa naturaleza personal no queda más que ir haciendo, moviéndose, actuando, poniéndose en diferentes situaciones, explorando con dedicación y perseverancia, rebuscando en lo más profundo, y cuidando todo el tiempo que el proceso sea sustentable, que nadie te corte la soga antes del hallazgo. Y en esa búsqueda, al tiempo apasionada y cuidadosa como una investigación de laboratorio, la libertad no pone en peligro nada de lo que te rodea, salvo que vos lo permitas.

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