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Seducción o imposición

19 Oct 2016

 Marilyn Monroe, foto de Eve Arnold

 

 

En la escuela primaria mis amigas siempre gustaban del chico más difícil, el más lindo, el más inaccesible. Algunas pasaban años contemplando obnubiladas al objeto de su deseo, sin hacer nada para volverlo más alcanzable, aguardando un momento que siempre desconfié que realmente esperaran. (No me parecía posible que uno quisiera algo que sabía de antemano inviable, nada práctico para concretar, que era lo que a mí me interesaba: explorar en terreno firme). A eso yo lo consideraba seducción.

 

Las personas o cosas que no tratan de seducir imantan con su indiferencia supina, con su órbita ajena a la propia gravedad. Y yo nunca caía en esa trampa, ya fuera por apuro o por miedo a la decepción.

 

Un buen día decidí escribir sobre la naturaleza del movimiento corporal, y en esa investigación encontré una frase que captó mi atención (en realidad lo que pasó es que no podía parar de releer esa oración, como si alguien me dijera “¡ey, hay algo acá!”, pero el sentido se me escapaba, quizá por exceder los límites de mi paradigma). Y esta era la frase, que merece un párrafo propio:

 

La seducción representa el dominio del universo simbólico, mientras que el poder representa sólo el dominio del universo real. Fue escrita por Jean Baudrillard.

 

¡Quería usarla! En el movimiento corporal el poder de la seducción era innegable. Pero sugería exactamente lo contrario de lo que yo hacía; yo menospreciaba la seducción y valorizaba el poder (poder hacer en este caso), mientras que en la oración se enaltecía el encantamiento como algo más poderoso que la propia acción.

 

El estudio sobre movimiento quedó suspendido momentáneamente. Hoy me pregunto si no fue preciso que pasaran todos estos años para incorporar la enseñanza de la frase genial de Baudrillard, que para mí desencadena un aluvión de asociaciones útiles: la forma en que se enseña por el ejemplo, la manera en que se corrige un comportamiento, el sistema para exponer un proyecto, la convocatoria a un evento, la consecución de un objetivo deseado… Todos estos desafíos surcados por la seducción adquieren un tinte femenino, agradable, invitador.

 

Estamos acostumbrados a obtener las cosas de otra forma (milenios pasaron desde el fin de la hegemonía de las sociedades matriarcales). La imposición del poder, sin embargo, nunca va a convocar a mi imaginación, cosa que la seducción lograría con el mínimo esfuerzo, aunque haya que esperar un poco más para ver los resultados.

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