De flores y señores


Flor de Georgia O'Keeffe

A la flor salvaje le pasa un poco como a los señores de traje y corbata: le cuesta mucho rehuir un compromiso establecido consigo misma. Su naturaleza indómita exige una contraparte de lo más estricta, so pena de perecer en medio de aventuras espectaculares.

Algunos opinarán, a la ligera y muy desde afuera, que es preferible una muerte grandiosa que haga las veces de final ansiado por los mojigatos, a una tranquila y feliz extinción en el olvido. Sin embargo, tal como los presocráticos enunciaron y sus sucesores hasta hoy sostienen, en el mundo inteligible se entiende, y en el mundo sensible se vive. Pero la flor silvestre no tiene dos mundos porque según parece los seres que no son pensantes no experimentan esa dicotomía, motivo por el cual ella prefiere de cabeza vivir la mayor cantidad de tiempo posible, que es lo mismo que decir que no le preocupa ser o no ser inspiración para los mojigatos.

Releo el comienzo del texto y veo a dónde toda esta voltereta me lleva. Uno: las flores silvestres se parecen a los señores mojigatos. Dos: las flores silvestres no son una fuente de inspiración para dichos señores (cuidado porque al menos la mitad de las veces se alojan en cuerpos femeninos), ya que a uno no le maravilla lo que está en el mismo lugar que uno mismo porque la palabra ad-mirar viene a ser mirar hacia.

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