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Lugar, parte XIII

7 Sep 2016

 Immagini, de Brueghel

 

En mi lugar la gente no habla de los demás en su ausencia. No es que no habla mal: simplemente no emite ningún tipo de juicio si la persona en cuestión no está presente. Ahora, en presencia del susodicho se dice todo, sólo que en su debido momento, y por las causas adecuadas.

 

Descubrir cuál es el tiempo indicado de hacer una crítica es de lo más sencillo que existe: buscamos la mirada de nuestro interlocutor y si no la hallamos, seguimos con nuestras tareas cotidianas hasta que llegue el día apropiado. Para nosotros es lo mismo que si estuviera con los oídos tapados. Hablar a otro sabiendo que no va a escuchar es uno de los comportamientos que nos llama la atención en otros lugares, y como los sentidos se complementan unos con otros, para tener la atención de nuestro compañero consideramos indispensable que la vista y el oído estén presentes.

 

Para descubrir cuáles son las causas de nuestro deseo de cambio en el otro, miramos para adentro, a fin de saber si el juicio es fruto de un amor genuino o de un amor interesado. La diferencia es que el amor genuino quiere el bien del otro, y el interesado quiere el bien de uno. Si encontramos el germen del interés personal, nos guardamos muy bien de hacer comentarios, con cualquier ser vivo. Ni las hojas de los árboles tienen por qué aguantar nuestros delirios de omnipotencia para cambiar a los demás.

 

No obstante, cuando hay mucha confianza, confesamos nuestros deseos, sin perder de vista que el cambio en el otro no puede ser consecuencia de ellos. Y con cierta frecuencia, nuestro interlocutor decide concedernos el regalo inusitado de un acuerdo provisorio, lo que nos llena de agradecimiento y da tiempo para amoldarnos a la realidad.

 

Esto último ocurre porque sólo es lícito hacer una crítica o compartir un juicio con las personas que queremos. Si no hay afecto de por medio no aspiramos a la comprensión, como un gusano no aspiraría a volar sin pasar por la etapa de crisálida. Para cambiar a otro hay que estar dispuesto a cambiarse uno.

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