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La mujer que calculaba

17 Mar 2016

 

Existe un delicado balance entre estar presente y estar futuro. Cuando era chica, tuve dos experiencias difíciles por estar sólo en el presente, dos casos en que no prever las consecuencias me dejó en una situación delicada con mis amigos de esa época. Ignoro por qué fueron tan dolorosas para mí como esos eventos imborrables de la infancia, pero sé cuánto me marcaron. Nunca más pude dejar de calcular.

 

“El hombre que calculaba”, de Malba Tahan, era literatura de moda entre los adolescentes de mi edad. Al personaje le fascinaban los dilemas matemáticos y se la pasaba resolviéndolos en un escenario arábigo que me parecía de lo más atractivo. Pero después de un tiempo, la palabra “calcular” empezó a llenarse de otras connotaciones menos inocentes, y descubrí que si uno sólo trazaba planes e intentaba calcular resultados, el presente podía escabullirse de su vida tan fácilmente como una voluta de humo.

 

Así como Proust fue en busca del tiempo perdido, es posible iniciar una búsqueda de ese presente nunca aprehendido, la cual se desarrolla en el futuro, claro. Hace falta determinación para que el próximo instante (porque este ya pasó) nos encuentre dispuestos a habitarlo en su totalidad, sin mezquinar esa porción de atención que siempre está invertida en los minutos, las horas o los días posteriores.

 

Hay momentos del día en que uno se siente correr por delante del presente, con un vago sentido de estar en falta, como diciéndose “ya voy, ahí llego, esperáme un poquito…” En otros el presente es más recio y se impone con la fuerza de un baldazo de agua helada: el hecho del que no es posible zafar. Pero hay otro tipo de momentos, distinto de los dos mencionados antes, en que la sintonía es muy fina entre presencia física, emoción, pensamientos, intuición… y sin llegar a sentir que el futuro no existe (sin patear el tablero de ajedrez en que las consecuencias juegan su incuestionable rol), dejamos de perseguir y de ser perseguidos, con la pasmosa lucidez del que sale de su cuarto oscuro al cabo de toda una noche en vela, y es en parte sacudido, en parte cacheteado, en parte bendecido por los rayos de sol.

 

 

Ilustración aparecida en el libro Margarita Philosophica de Gregor Reisch

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