El término “asertividad” deriva del latín “asserere” “assertum” que significa afirmar; se ha definido a la asertividad como la afirmación de la propia personalidad, confianza en sí mismo, autoestima, aplomo, comunicación segura y eficiente.
Otros, sostienen que se trata de una actitud intermedia entre una actitud pasiva o inhibida y otra actitud agresiva frente a otras personas, que además de reflejarse en el lenguaje hablado se manifiesta en el lenguaje no verbal, como en la postura corporal, en la expresión facial, y en la voz.
Una persona asertiva suele ser tolerante, acepta los errores, propone soluciones factibles sin ira, se encuentra segura de sí misma y frena pacíficamente a las personas que la atacan verbalmente.
Básicamente, la asertividad impide que seamos manipulados por los demás en cualquier aspecto. No es un “rasgo” de la persona, en el sentido que el individuo no se considera asertivo o no asertivo, sino que se comporta asertivamente o no, en una variedad de situaciones.
La ventaja de ser asertivo es que puede obtenerse lo que se desea sin ocasionar problemas a los demás. Se puede actuar a favor de los propios intereses sin sentirse culpable o equivocado por ello; igualmente dejan de ser necesarios la docilidad extrema o la retracción, el ataque verbal o el reproche, y estas formas de actuación pasan a verse como lo que son, formas inadecuadas de evitación que crean más dolor y estrés del que son capaces de evitar.
Ser asertivo está muy relacionado con la autoafirmación, con el valor que se concede uno mismo, y éste, a su vez, se interrelaciona con otros factores que lo modulan. Uno de los más importantes es que el ser humano no está solo y su comportamiento es indisociable de su entorno.
Los deseos y las motivaciones personales deben encontrar el encaje dentro de la sociedad. Dicho encaje puede generar cooperación, en su faceta más positiva, pero también competencia, lo que en algunos casos puede generar un estado de frustración. Ser asertivo, entonces, no sólo responde a la autoimagen y el valor que uno se da, sino a cómo se aplica en una sociedad cada vez más compleja.
Se es dueño de las propias emociones si se tiene confianza en uno mismo. Sólo conociéndose y confiando en las propias capacidades y aprendizajes, se puede llegar a ser asertivo.
El ser asertivo es una cuestión individual, no existe formula matemática o mágica alguna, se trata de evaluar opciones y elegir la más apropiada para nosotros, tal vez después de adaptarla a nuestra personalidad.
En definitiva, es uno mismo quien tiene en sus manos la posibilidad de hacer bien las cosas, no hay fórmulas secretas, por tanto, mientras más habilidades sociales podamos manejar, se llegará a tener la capacidad de tomar decisiones adecuadas en los distintos ámbitos de la vida diaria que mejorará la comunicación con los demás y nos ahorrará una serie de inconvenientes que pueden provocar un quiebre en la relación con las personas.
“La forma en que nos comunicamos con los demás y con nosotros mismos, en última instancia determina la calidad de nuestras vidas.” Anthony Robbins
Laura Sorondo es abogada y practica Método DeRose en la Sede Decana